Santiago, 15 de nov. de 19 – 05:30 hrs.

Cuando miren al pasado, quiero pedirles que recuerden este momento, no solo como aquel poderoso día en el que dimos un paso hacia la verdadera democracia, sino como el breve momento de nuestra historia en el que, mediante la resistencia y la persistencia de nuestros cánticos y evasiones, vencimos al fin, la herencia de la usurpación americana mediante la razón y la fuerza.

Después de quizá cuantas horas viendo como diputados y senadores corrían por los pasillos del congreso, entrando y saliendo de sus trincheras en las que se habían transformado un comedor para unos o el segundo piso para otros, parecía verse incluso como un deporte aceptado del que cada uno se lanzaba la pelota y se la llevaba cuando el acuerdo no le parecía “justo”.

No podía tan solo acostarme sin antes reflexionar Incluso en cómo yo mismo trabajando con algunos de ellos, me he quedado en la comodidad de haber llegado a un “buen” trabajo, una “buena” universidad, un “buen” barrio. Cuando el problema es ese, no darnos cuenta de lo importante de recordar siempre quienes somos y por qué estamos donde estamos, e incluso, criticarnos que lo que consideramos bueno o justo para nosotros, no siempre lo es para el resto. No digo que esto sea malo, sino que lo malo es no mantenerse despierto.

Hoy no somos los mismos que ayer, hoy hemos logrado no solo que la clase política de este país dejara sus egos de lado y firmara un acuerdo inédito en la historia de Chile. Hoy dejamos de forma manifiesta y clara que ya no somos ese pueblo sometido que nos contaron que éramos, domesticados por supuestos poderosos que utilizaron desde la colonia la fuerza y la dignidad como una moneda de cambio para mantener sus privilegios y las reglas del juego a su favor.

Hoy el pueblo se convenció a si mismo que el poder siempre ha estado y estará en él, y quién se crea superior moral o monetariamente, no tendrá cabida en nuestro pueblo. Somos una nación de esfuerzo, resiliente pero por sobre todo, empática. No es sino en los momentos más difíciles de nuestras vidas, que mostramos nuestra verdadera identidad. Somos un pueblo empático, que ayuda a reconstruir casas botadas por un terremoto, que te ofrece agua con bicarbonato en una marcha cuando te ve asfixiado por una lacrimógena, que toca la cacerola contigo cuando te escucha por la noche en alguna parte de la cuadra sin saber quien eres.

No somos esa familia que pareciera salida de un estudio de Hollywood con 3 autos y un verde antejardín, ni tampoco ese ejecutivo exitoso que llama molesto para instalar su nuevo sistema de seguridad porque unos delincuentes marginales le entraron a robar. Somos exactamente aquellos que cuando un semáforo se hace parte de la barricada de su esquina, debe esperar semanas antes de que lo repongan, y mientras tanto, te encoges de los hombros y aperras como te han enseñado que debes hacerlo.

Chile despertó, pero despertó con rabia y memoria de la amnesia en la que lo habían inducido, y de la cual los fieles publicistas del sistema neoliberal más extremo del mundo supieron hacer muy bien su trabajo para mantenernos anestesiados por décadas. Donde el machismo y la costumbre patriarcal propia de la colonia de clases, aún cala fuerte en nuestras cenas de navidad, o incluso en las propias líneas que pongo acá.

Cuando miren al pasado, quiero pedirles que recuerden este momento, no solo como aquel poderoso día en el que dimos un paso hacia la verdadera democracia, sino como el breve momento de nuestra historia en el que, mediante la resistencia y la persistencia de nuestros cánticos y evasiones, vencimos al fin, la herencia de la usurpación americana mediante la razón y la fuerza.

Nunca olvidemos, cuantas vidas y sangre representan verdaderamente ese rojo de nuestra bandera. Y cómo hoy esas 20 muertes, representan incluso mucho más que todas las masacres que han marcado las principales revueltas de nuestra historia. Porque hoy no solo conseguimos vencer a quienes se negaban a dar su brazo a torcer por devolverle el legítimo derecho a decidir a las personas (si, hablo de la UDI). Hoy nos encontramos a nosotros mismos, nos miramos por primera vez a los ojos y nos abrazamos por el nuevo Chile que se va gestando en las calles, tal cual longaniza que se cose en tu barricada, o la sonrisa que hoy levantamos de la nada.  

Estoy expectante de lo que se viene, del rol que como jóvenes nos tocará vivir y de la responsabilidad que tenemos de mantener viva esta llama que acabamos de prender.

Nicolás Riquelme Castillo

nico@nicolasriquelme.cl

Orgullosamente del barrio,

Hijo de la clase trabajadora,

Estudiante del College UC,

Asesor parlamentario.